Conde de Gazola.

Desde que los ejércitos hicieron su aparición en la Edad Antigua, han ido evolucionando para adaptarse a los cambios que iban surgiendo en los campos de la táctica, la tecnología, el armamento, etc. En este sentido, en la Edad Media las armas de tiro que se empleaban en el ataque y la defensa de las fortificaciones fueron las denominadas neurobalísticas, es decir, aquellas cuyos ingenios aprovechaban la energía acumulada por la torsión, tensión y flexión de fibras tanto vegetales como animales para arrojar grandes piedras, lanzas, flechas, etc. Sin embargo, su declive comenzó con la aparición de la pólvora y por tanto la de las armas pirobalísticas, que empleaban la energía producida por la deflagración[1] de este compuesto para lanzar bolaños de piedra y otros objetos. En el caso de la Península Ibérica, los primeros datos documentados acerca del empleo de este tipo de artillería, indican que fue en 1331 durante los sitios de Alicante y Orihuela. A partir de entonces esta primitiva artillería, eminentemente empírica, sería inicialmente fabricada y manejada por artesanos y soldados especializados.

Debido a la anarquía reinante en la construcción de las piezas de artillería, cuyas dimensiones, materiales, diseños, adornos, etc., respondían casi siempre al capricho del artesano o del señor que la encargaba, en el siglo xviii se comenzaron a editar una serie de ordenanzas para normalizar el proceso de fabricación, que intentaron clasificar las piezas de artillería dentro de un reducido número de grupos en función de sus calibres.

La subida al trono en 1759 de Carlos III fue providencial para la Artillería, ya que hasta entonces su organización dejaba mucho que desear. Fiel seguidor de las ideas preconizadas por la Ilustración, y ayudado por el conde de Gazola, su más fiel colaborador, creó en 1762 el Real Cuerpo de Artillería y estableció su Real Colegio en el Alcázar de Segovia, cuyo primer curso fue inaugurado el 16 de mayo de 1764 con el discurso de su primer profesor, el padre Antonio Eximeno, de la Compañía de Jesús.

A partir de ese momento, los futuros oficiales de artillería fueron educados en un contexto eminentemente científico y técnico y, poco tiempo después, comenzaron a aportar sus conocimientos al Cuerpo. En este sentido, las diversas ordenanzas que había tratado de poner orden en la fabricación del material de artillería no habían cristalizado en la práctica, hasta que en 1783, por iniciativa de uno de los oficiales más destacados de la primera promoción que había estudiado en el Real Colegio, Tomás de Morla, se dictó la "Nueva Ordenanza" que impulsaba la adopción del sistema Gribeauval que se había impuesto en Francia.

Con el paso de los años se irían añadiendo más nombres de ilustres artilleros a la mejora del diseño, investigación, fabricación de tubos, montajes, elementos auxiliares de las bocas de fuego, municiones, artificios, etc., al igual que en las tácticas y las técnicas de empleo de la artillería. En ocasiones no eran más que simples adaptaciones de sistemas o técnicas de fabricación traídas del extranjero, pero en otras fueron auténticos diseños originales que mantuvieron a la artillería española a la vanguardia de la ciencia y la tecnología.

El objetivo principal de la exposición es mostrar los avances introducidos en los materiales de artillería por los alumnos del Real Colegio de Artillería, y la Academia de Artillería, su heredera desde 1867.

La exposición se centrará básicamente en la evolución de la boca de fuego correspondiente a la artillería clásica (denominada de forma genérica como “artillería cañón”, que junto a la artillería cohete forman los dos grandes grupos en los que se divide la artillería).

También, descubriremos que alrededor de las bocas de fuego han ido surgiendo una serie de accesorios, elementos auxiliares y medios de cálculo, transmisión y manejo de la información que han hecho que la artillería de hoy en día sea no sólo cañones.


[1] Deflagración es una reacción de combustión relativamente rápida, y es la reacción que ocurre en el interior de la recámara de una boca de fuego, cuando los gases producidos por la pólvora provocan el lanzamiento del proyectil.