LA ARTILLERÍA COHETE 

La artillería cohete, a diferencia de la artillería cañón, disponía el elemento propulsor en el propio proyectil, de manera que el tubo no servía más que para el guiado inicial del mismo. Por lo tanto, las presiones de trabajo son muy inferiores y los espesores de los tubos pueden considerarse despreciables, frente a los grosores de los tubos de cañón.

Desde el siglo xvii, gracias a Collado[1] se tiene conocimiento del empleo habitual de los cohetes para aclarar los alrededores de las plazas sitiadas y poner en desorden la caballería enemiga. Incluso proponía añadir petardos a los cohetes para hacerlos más destructores. También era conocido el uso frecuente de los cohetes de señales. Ya en el Tratado de Artillería de Morla, libro de texto del Real Colegio, se estudiaban la fabricación y empleo de cohetes, pero se limitaba a los cohetes de señales.

Sin embargo, a principios del siglo xix el general inglés Congreve perfeccionó un sistema de cohetes de guerra, después de que los hindúes los hubieran utilizado contra las tropas inglesas a finales del siglo anterior. Se trataba de cohetes similares a los de señales, aunque de mayor calibre, a los que se añadía una granada o bien sustancias incendiarias o cualquier otro proyectil. Rápidamente, este sistema de cohetes, denominado a la Congreve, fue conocido en toda Europa. Incluso fue empleado en España por los ingleses durante la Guerra de la Independencia.

Lo espectacular de su lanzamiento hizo que casi al instante surgieran multitud de admiradores que afirmaban la superioridad manifiesta del cohete sobre el cañón. Sin embargo, un estudio más calmado, descubrió la poca regularidad del tiro, las  explosiones prematuras antes de abandonar el lanzador con bastante frecuencia e incluso no pocas veces los cohetes se volvían contra quienes los habían disparado.

En el año 1817 se tiene noticia de unas pruebas realizadas en París y la Junta Superior Facultativa inicia sus propias pruebas trayendo desde Tarragona a Madrid algunos cohetes dejados allí por los ingleses tras la Guerra de la Independencia. Se intentó copiar su compuesto y motor, pero las pruebas no debieron ser buenas, pues al poco tiempo se abandonó el proyecto.

En el año 1820, y remitida a través del Capitán General de Cuba, se eleva a la Junta Superior Facultativa una memoria escrita por el Brigadier Fernando Cacho, sobre las pruebas realizadas en La Habana con “toda clase de cohetes de guerra”, para que la superioridad pueda apreciar la importancia de esta nueva arma. Pocos años después, se ordena al marqués de Viluma (capitán Juan de Pezuela) que redacte una memoria sobre los sistemas de cohetes empleados en Europa, que no eran sino variantes del sistema Congreve. Y como consecuencia de dicha memoria, en el año 1833, se envía al teniente coronel Núñez a Inglaterra para traer a España cohetes a la Congreve, con idea de suplir la ineficacia de la artillería de montaña dotada de cañones de a 4 irregulares. Se consideraba que la guerra que se desarrollaba en el norte de la península (primera guerra carlista) sería la ocasión oportuna para probar este tipo de armas.

Y en el año 1835 llegó a Navarra la primera batería de cohetes a la Congreve que, casi de inmediato, participó en los combates de Villamediana, Vendejo y otros puntos junto a las unidades inglesas de cohetes que también tomaron parte en la guerra carlista.

Los calibres empleados fueron de a 21, 28 y 36 libras de peso de la granada contenida en el cohete.

Lo cierto es que después de la guerra carlista, los cohetes debieron de darse de baja, pues en el año 1851 no estaban en servicio, aunque años más tarde, con ocasión de la Guerra de Marruecos, se volvió a activar una batería de cohetes (finales de 1859), de nuevo para encuadrarla en las unidades de artillería de montaña. Sin embargo, dado que en España no se conocía apenas nada sobre su fabricación, se recurrió a comprar los cohetes a un contratista extranjero y se intentaron copiar en la Pirotecnia de Sevilla. Estos cohetes no dieron el resultado esperado, ya que ocurrieron bastantes incidentes antes del despliegue en Marruecos e incluso durante las operaciones. Este hecho motivó que, al final de la guerra, se comisionara al teniente coronel Castro a Europa, para aprender las técnicas de fabricación de cohetes. Tras varias visitas en diversos países, fue en Francia donde encontró la industria más adelantada para la fabricación de cohetes y allí se firmaron los contratos pertinentes para la instalación en la Pirotecnia de Sevilla de la maquinaria necesaria para la fabricación de los mismos, proceso que comenzó entre los años 1862 y 1863.

Además de los cohetes para artillería de montaña, ahora se fabricaban también cohetes para artillería de plaza y sitio, con alcances cercanos a los 8000 metros, mientras que los de montaña alcanzaban unos 3000 metros.

Las ventajas que aportaban los cohetes se podían resumir en que:

-          Se conseguían fuegos de todas clases: rompedor, metralla, incendiario, iluminante y señales, principalmente.

-          Los trenes de cohetes eran más ligeros que los de la artillería clásica o cañón.

-          Con los cohetes de gran alcance se superaba sobradamente a los cañones.

Sin embargo, la aparición de la artillería rayada con el aumento de precisión que trajo consigo, relega a los cohetes a elementos auxiliares de la artillería cañón, ocupando los sitios que a ésta le son inaccesibles.

Las sucesivas mejoras de la artillería cañón trajeron el abandono de la artillería cohete a los pocos años, hasta que volviera a aparecer en la década de 1950 de la mano de la Junta de Investigación y Desarrollo de Cohetes, en la que tuvo una importante participación la Inspección de Artillería.


[1] “Plática manual de artillería…” publicado en 1592.

Cohetes a final del siglo XVIII. +Info
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Memoria sobre cohetes de guerra. +Info

Procedimiento de disparo de un cohete a la Congreve. +Info

Lanzador de cohetes a la Congreve. +Info

Proyectil cohete sistema Congreve de 80 mm. +Info