Introducción

Antecedentes del convento y cesión al Ministerio de la Guerra

Las noticias más remotas referentes a la fundación del convento de San Francisco en la ciudad de Segovia, proceden del licenciado y cura de la parroquia de San Juan, Diego de Colmenares, fallecido en Segovia en 1621. Él mismo reconoce la escasez de documentación que hay al respecto, señalando que se fundó aproximadamente hacia el año 1220. Su ubicación se llevó a cabo en las inmediaciones del entonces templo parroquial de San Benito, situado probablemente en la zona del actual patio de las Acacias.

1 PORTADA-Puerta Diaz Sanz (1879-80)

1 PORTADA-Puerta Diaz Sanz (1879-80)

Después de su establecimiento, el convento y sus fundadores se vieron sometidos a escenarios muy variopintos, en parte consecuencia de la capitalidad de la ciudad dentro del reino de Castilla y León, en parte por las desavenencias existentes a consecuencia de la escisión que hubo en el siglo XV entre frailes menores observantes y conventuales o claustrales.
Sin entrar en detalles sobre el modo de vida de los frailes franciscanos, éstos alternaron su misión pastoral y educativa con el estudio, la oración y el trabajo en la huerta, en sintonía con el ora et labora proclamado por la regla benedictina. Sin embargo, esta vida pastoral se vio truncada por la desamortización de Mendizábal. Unos años más tarde el convento se transformó en cuartel de artillería con un propósito muy específico: alojar tropas y material de guerra.

La aparición del concepto «cuartel» en España puede datarse a finales del siglo XVII, consolidándose tal y como hoy se entiende en el XVIII. A partir de 1848 los regimientos comenzaron a vincularse a las ciudades en las que se encontraban de guarnición. Entre las soluciones más comunes que se presentaron para afrontar la escasez o falta de cuarteles, por otros medios que no fueran los de nueva construcción, destacaron el alquiler o la cesión de inmuebles por parte de las instituciones oficiales, y el aprovechamiento de los bienes religiosos procedentes de las desamortizaciones, siendo este caso el más complejo de los tres procedimientos.

Algunos conventos y monasterios desamortizados que no pudieron ser vendidos, fueron cedidos al Ministerio de la Guerra para su transformación en cuarteles. En principio esta operación pareció muy beneficiosa, no sólo por la economía y utilidad práctica que suponía para el Ejército, sino también como fórmula para preservar de la ruina el patrimonio artístico de los edificios religiosos que no pudieron adjudicarse. Sin embargo la realidad fue otra, ya que este tipo de inmuebles había sido diseñado para unas funciones muy diferentes del fin al que fueron destinadas, obligando en la mayor parte de las ocasiones a realizar la adaptación de sus infraestructuras e instalaciones al tipo concreto de unidades que iban a ocuparlas.